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LA REPÚBLICA CONTRA LA REVOLUCIÓN II. JULIÁN GRIMAU, EL REPRESOR STALINISTA

Reunión del Comité Central del PCE, 1958. De derecha a izquierda: Julián Grimau, Vicente Uribe, Leandro Carro.

Reunión del Comité Central del PCE, 1958. De derecha a izquierda: Julián Grimau, Vicente Uribe, Leandro Carro.

Tan pronto como en diciembre de 1936 la Ejecutiva de la Komintern fijaba su posición, es decir la de Stalin, sobre la guerra de España: “La defensa de la república democrática y parlamentaria, la república frente-populista que garantiza los derechos y libertades del pueblo español”.

Que esto no era en absoluto un camuflaje, sino el indiscutible posicionamiento de Stalin, la Komintern y, por consiguiente, el PCE, al lado de la república capitalista, quedó claro en un artículo de Pravda de 17 de noviembre de 1936: “En lo que respecta a Cataluña, ya ha empezado la eliminación de elementos trotskistas y anarquistas, que será llevada a cabo con la misma energía que en la URSS”.

En esta “energía” con la que se “eliminaban” elementos trotskistas y anarquistas, el venerado Julián Grimau tuvo su protagonismo junto al Comisario General de la Brigada Criminal, Javier Méndez Carballo, curiosamente miembro de la CNT, al que Grimau supervisaba.

Su nombre, el de Grimau, desplegando su “energía” de stalinista fiel, de contrarrevolucionario, contra esos “elementos” que debían ser “eliminados”, aparece en el sumario 94/1938 por el que se procesa como reos de alta traición, a los miembros de la “Sección Bolchevique-Leninista de España” (trotskistas) Luis Zanon Grim, Manuel Fernández Grandizo y Martínez, Adolfo Carlini Roca (Domenico Sedran, italiano), Aage Kielso (danés), Jaime Fernández Rodríguez, Teodoro Sanz Hernández y Vítor Ondik (checo).

Se les acusaba a todos del asesinato del capitán de las B. I., agente del SIM y, desde luego, un hombre de Orlov, el jefe de la NKVD en España, León Narwick, muerto de tres tiros en la cabeza el día 10 de febrero de 1938 en un despoblado de la calle Legalidad de Barcelona, cerca de Can Compte; y también de preparar atentados contra Negrín, La Pasionaria e Indalecio Prieto.

Narwick, infiltrado en el POUM, estaba en ese momento intentando hacer lo mismo en la organización de Grandizo Munis, la SBLE. Fue reconocido, después de iniciada la persecución contra el POUM y del asesinato de Nin, por Juan Andrade en una fotografía en la que aparecía junto a Líster. Así mismo, informaciones de los franceses y de Eduardo Mauricio, entonces en Barcelona, advirtieron al POUM y a la SBLE de la condición de “soplón” de Narwick. Por otra parte, a los detenidos del POUM se les exhibían en los “interrogatorios” fotografías que se sabían tomadas por aquél. En consecuencia, miembros del POUM deciden despachar al polaco. De ello se encargaron los militantes de ese partido, Albert Masó y Lluis Puig.

Que esto se conozca y sean ya hechos establecidos, es suficiente para demostrar que el proceso contra la organización trotskista española era un montaje preparado según los métodos inaugurados por el primer proceso de Moscú, y eso sin necesidad de tener en cuenta que todos los detenidos, salvo Zanon, fueron llevados a los sótanos de Vía Layetana (entonces vía Durruti); que los “interrogatorios” se realizaron en las dependencias de la Brigada Criminal de la plaza Berenguer; que la acusación se basó exclusivamente en la “declaración” de Luis Zanón, quien no aguantó los “interrogatorios”; y que los presos fueron mantenidos en esas condiciones, sin comunicación ni abogado, durante un mes, antes de ser puestos a disposición del Tribunal de Espionaje y Alta Traición de Barcelona.

Pues bien, en este montaje, en el que fueron denunciadas torturas por los detenidos, Julián Grimau García asistió a todos los “interrogatorios”, firmando las actas en calidad de secretario. No hacía sino poner en práctica la consigna de la Pasionaria, esa ancianita encantadora cuya fotografía adorna todos y cada uno de los locales del PCE, pródiga en veneno y en infamias, que en un mitin de Valencia, refiriéndose al proceso del POUM, había dicho: “Es mejor condenar a cien inocentes que absolver a un culpable”.

Años después, en las mazmorras de Franco, esperando la saca que le llevaría ante el pelotón de fusilamiento, Grimau puede que recordara aquel año de 1938, en el que la mentira, la tortura y la muerte se habían hecho su herramienta cotidiana contra la revolución.